Frau – Los Superdemokraticos http://superdemokraticos.com Mon, 03 Sep 2018 09:57:01 +0000 es-ES hourly 1 https://wordpress.org/?v=4.9.8 El mismo cholo con otro poncho http://superdemokraticos.com/es/themen/geschichte/derselbe-cholo-in-einem-neuen-poncho/ Fri, 22 Jul 2011 10:44:22 +0000 http://superdemokraticos.com/?p=4521 Del Incario al PluriMultiEstado.

El curioso caso del Estado boliviano es digno de estudio minucioso: con lupa y con telescopio. Entiéndase por Estado el sentido amplio de la acepción, en sus dos vertientes: la organización política de las principales instituciones nacionales y subnacionales, por una parte, y el desarrollo histórico de la situación de su población.

Convivimos los mismos de siempre, sobreviviendo a la usanza criolla, con matices milenarios según el origen de cada cultura individual. Cómo estás, compañera, nos saludábamos en tiempos republicanos. Cómo anda todo, hermana, se pone de moda multicolor de wiphala. Como mujeres dejamos un poco de ser esclavas del Inca, para ganarnos los derechos geniales de: además de coser, cocinar y lavar, salir a trabajar desde vendiendo choclos calientes, al lado de un moderno microbasural maloliente afuera del mercado, hasta ser invisibles e innatas trabajadoras del hogar, que el sistema impositivo obvió de la emisión de facturas, para evitarle al sistema pagarnos un sueldo.

Divertidísimo esto de los derechos humanos de las mujeres. Siempre. La misma chola con otra pollera, dice un adagio nacional, producto de la viveza machista criolla que enseguida crea un estigma para ocultar el embrollo.

En el Imperio, la Audiencia de Charcas, la República inacabada y ahora el Estado Plurinacional de multilingües y pluriculturales, siguen mandando las intangibles propiedades del dinero por encima de las personas y, lógicamente, las cosifica para mantenerlas bien compartimentadas en el lado de la oferta y la demanda, sin que importe qué quiera ser, a qué le gustaría dedicarse, qué la hace feliz. Y las mujeres, aquí, peor que nadie.

¿Por qué habría de ser distinto si tradicionalmente sabemos que la collita lloriquea por todo y a la cambita todo le viene bien? La violencia, aceptada como “siempre ha sido así”, pone las cosas en su sitio a punta de improperios, golpes y canalladas.

En el país de Evo, el presidente es el mismo cholo con otro poncho. ¿Recuerdan que en primaria nos enseñaban que la población boliviana se repartía entre criollos, mestizos, cholos, indios y negros? ¡Ahora resulta que es peyorativo referirse a conceptos, que se tachan de malas palabras, cuando refieren culturas diferentes! Claro, culturas que tienen en común clases sociales, seguramente, pero lo más común que tienen nadie lo quiere ver y es la igualdad de imposiciones sobre las mujeres. Nosotras sí que sabemos convivir con códigos a los que no les faltan barritas: nos ocupamos de la familia, tenemos hijos y los acompañamos hasta su mayoría de edad y más, vemos la alimentación, la salud, el abrigo; salimos a la calle por el sustento y todavía, somos cada vez mayor el número de jefas de familia. ¡Y también nos insultan, nos pegan, nos desconocen los hijos, nos arrastran por una asistencia filial como si nos hubiéramos acostado con el Espíritu Santo!

Caserita, vendeme mandarinas, por favor. Caserita, comprame mandarinas, por favor.

Pecadillos no nos faltan: nos separa alguna envidia, por cómo nos vemos o si a alguna le toca mejor suerte, pero convivimos con las mismas angustias, las mismas inestabilidades, las mismas sospechas, las mismas preocupaciones. La economía familiar se reduce al Indice de Precios al Consumidor y arreglate como podás, mientras que la otra economía, la que importa a metales, bolsas, ficción y millones está en titulares y bocas de las minorías que nos dominan por lo que no es, acullicando mayorías.

No sé si me dejo entender, en el país de Evo nada se ha transformado, como tampoco se ha dejado de pagar en Estados Unidos las deudas que contrajeron los acusados de liberales y republicanos, según repitieron los que roban con socialismo, patria o muerte venceremos. Convivimos casi silenciosas con la común misión de reproducir la especie y nuestro sentido común, sin hendija suficiente aún para que explote como el volcán más maravilloso el color eufórico de nuestras mejillas indignadas y sonrientes.

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El rosa no está en ti http://superdemokraticos.com/es/themen/koerper/rosa-steht-dir-nicht/ http://superdemokraticos.com/es/themen/koerper/rosa-steht-dir-nicht/#comments Thu, 12 Aug 2010 07:06:41 +0000 http://superdemokraticos.com/?p=667 Las responsabilidades que se les otorgan a las mujeres frecuentemente rebasan de largo a las de los hombres. Visto desde la atalaya -como si yo fuera aquí y ahora un hombre-, no querría ser una mujer de ninguna de las maneras. Pero si una es una mujer y analiza estas altas expectativas con distancia y al mismo tiempo, resulta absolutamente imposible querer ser un hombre.

No obstante, envidio profundamente la generosidad de los hombres hacia sí mismos y hacia los demás hombres. Envidio sobre todo la amistad masculina. Dos hombres, que a lo mejor son dos fracasados en la vida, que todavía pueden estar sujetos a perversiones y que asimismo se muestran sin afeitar y con sobrepeso, pueden simplemente salir a pescar algo sin evaluar ni dar lecciones a los demás. Al contrario, encuentran una tolerancia tal hacia el otro que no ven necesario afeitarse ni enmascarar los kilos de más bajo un jersey ancho. Y cuando uno de ellos pierde el trabajo, el otro le echa una mano, comprensivo. Los hombres tienen comprensión por el otro. No necesitan esforzarse por el otro, y si deben esforzarse por algo, entonces, por las mujeres.

Claro que algo así también se da recurrentemente entre mujeres, pero no es la norma general. La mayoría de las mujeres compiten mucho más intensamente entre sí. Sólo un ejemplo de los cientos que podría poner como testimonio, uno de mi beca en la Universidad Lomonossow de Moscú: convivía en una habitación con una agradable suiza de la que me había hecho amiga en las semanas previas. Antes ella era muy amiga de una compañera mutua. Le pregunté por qué no compartían ellas la habitación. Me contestó que no soportaba sus piernas sin depilar. Tras llevar un mes en la misma habitación, me hice amiga de una estudiante de Derecho de Kazajistán. Como cada vez pasábamos más tiempo juntas, hablamos de la posibilidad de alquilar una habitación las dos, pues ella también tenía que aguantar las miradas agobiantes de su compañera de habitación. Sobre mis experiencias en un piso compartido por mujeres en Roma no tengo mejores experiencias que contar.

Aunque también se pueden decir unas cuantas cosas sobre los hombres, pero la autotolerancia es poco ginacológica y probablemente depende del porcentaje de testosterona en el cuerpo.

Traducción: Ralph del Valle

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Sólo una diferencia http://superdemokraticos.com/es/themen/geschichte/nur-ein-unterschied/ http://superdemokraticos.com/es/themen/geschichte/nur-ein-unterschied/#comments Mon, 09 Aug 2010 14:50:26 +0000 http://superdemokraticos.com/?p=578 “Eso no debería hacerlo una mujer” es una frase que me dirigieron por primera vez a la edad de 21 años. Vino de un vecino italiano que intentaba evitar mis entradas y salidas nocturnas. Por aquel tiempo, el estado en el que me crié ya había desaparecido hace mucho de los mapas, y mi permeabilidad a cuestiones del tipo “no puedes hacer eso” era prácticamente nula. El pretencioso intento de educación de Francesco me hizo sacudir la cabeza, espantada. Qué tristemente retrógrado debe ser alguien que en la Europa de finales del siglo veinte todavía no maneje un único código de conducta para hombres y mujeres… Eso, a día de hoy, todavía me irrita.

En la RDA todo salió mal, pero una cosa sí funcionaba: la igualdad de la mujer. Bien es verdad que no fue la consecuencia de que los maridos asumieran las tareas de casa o el cuidado de los niños (no se llegó tan lejos), pero las mujeres no tenían por qué permitir que nadie les dijera, sólo por su sexo, qué debían hacer o dejar de hacer. Era una de las pocas limitaciones que no existían en la RDA. Las mujeres de mi generación eran las hijas de unas mujeres que aprendieron ya en su tiempo que una mujer obviamente decide autárquicamente sobre su sexualidad y su cuerpo; que los cromosomas no tenían ningún poder decisión sobre los conocimientos técnicos especializados, y que la diferencia entre mujer y hombre sólo es una diferencia: no un distintivo de calidad. Esta certeza me la llevé conmigo y con mi nueva vida a la sociedad occidental, cuya moral sexual operaba bajo reglas de juego totalmente opuestas. Siendo sincera, ese fue el mayor shock imaginable.

Necesité un tiempo para comprender que el reparto clásico y burgués de roles que hace a la mujer prodigio de la cocina y objeto de lujuria sin opinión, va acompañado de otra discriminación: aquella que establece al hombre como único sustento económico de la familia. La presión que subyace en esta responsabilidad no es menor, ni mucho menos. A un hombre se le imponen unas exigencias totalmente distintas, se le califica como fracasado mucho más rápido y desde luego no lo tiene más fácil. Simplemente, tiene unos problemas distintos a los de la mujer. En realidad, ahí lo volvemos a tener: una diferencia, no un distintivo de calidad. Para mí, hoy, en Centroeuropa, no encuentro ninguna ventaja y ninguna razón para querer ser otra persona distinta a quien soy. De todos modos, la vida sigue siendo una lucha. No importa en qué frente.

Traducción: Ralph del Valle

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¡Help! Una diosa se ha sentado a mi lado http://superdemokraticos.com/es/themen/koerper/help-eine-gottin-hat-sich-neben-mich-gesetzt/ http://superdemokraticos.com/es/themen/koerper/help-eine-gottin-hat-sich-neben-mich-gesetzt/#comments Mon, 09 Aug 2010 07:08:47 +0000 http://superdemokraticos.com/?p=593

En el trufi. Foto: Javier Badani

Sudan. Mis manos sudan. Una diosa acaba de sentarse a mi lado en el trufi y yo sólo atino a segregar mi timidez, mientras rozo su cuerpo impulsado por el vaivén del vehículo. ¿Qué? ¿Qué no sabes que es un trufi? Te explico. Es un medio de transporte público muy particular que conecta el centro de La Paz con la zona Sur. Los choferes de los trufis utilizan el tradicional sedan de cuatro puertas de Toyota. Claro, para ganar más dinero, habilitaron un “asiento” (mejor dicho, un almohadón) extra en la parte delantera del coche. Así que olvídate de la idea original de aquel diseñador japonés que tardó años concibiendo un auto que transportara de forma cómoda a cuatro personas, aquí el ingenio criollo le agregó espacio para un pasajero adicional. Ahora, ¿entiendes mi problema? Aquí estoy, en medio del sándwich, sin poder mover nada más que la cabeza, más apretado que una sardina en lata de conserva.

A mi lado izquierdo, el oloroso chofer del trufi que aporrea una y otra vez mi rodilla, cada vez que cambia la velocidad en la caja de cambios. Mi lado izquierdo se siente invadido.

Y a mi derecha, una veinteañera que huele a primavera y cuyas pierna y brazo izquierdos me chocan, me golpean con el bamboleo del coche. Mi lado derecho quiere invadir.

Ella tiene suavecita la piel, eso me informa ese pedacito de brazo que la roza de rato en rato. Y parece que tiene… No, no, sí tiene amplias caderas y parecen querer fundirse a las mías cada vez que el trufi encara una pronunciada curva. Cierro los ojos e intento disfrutar de este momento a su lado y, al mismo tiempo, busco aislar de mi mente la molesta presencia del cuerpo del chofer. “Cosa rara la piel, el cuerpo”, me digo. Sólo bastaron pequeños contactos para desencadenar una reacción física y mental de imprevisible final.Y estas manos que no dejan de sudar. En sí, todo mi cuerpo parece haberse transformado en un ente líquido.

Curvas que van, curvas que vienen. No cabe duda que decenas de batallas de orden corporal se gestan a lo largo del día en el asiento delantero de un trufi.

En este caso, el cuerpo del quinto pasajero —o sea, el mío— busca a toda costa escapar del contacto con las regordetas extremidades del conductor, batalla, debo confesar, harto perdida.

Del otro lado, en cambio, ya se ha entablado un diálogo interesante entre los vellos del brazo mío con los de la veinteañera de olor primaveral. Se hablan, se tocan. “Por algo hay que comenzar”, me conforto.

De pronto llega el abrupto final. “¡Bajo en la esquina!”, le dice la muchacha al chofer. El trufi para, la diosa baja y mi cuerpo ya no suda, ahora llora.

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El arte del desencuentro http://superdemokraticos.com/es/themen/koerper/die-kunst-des-nicht-treffens/ http://superdemokraticos.com/es/themen/koerper/die-kunst-des-nicht-treffens/#comments Mon, 02 Aug 2010 07:57:31 +0000 http://superdemokraticos.com/?p=548 “Entonces, a través de la fina malla de tus pestañas,

verás todavía  alargarse en mis pupilas ávidas un

desperezamiento de panteras…”

Rubén Martínez Villena

Aprender a convivir con el miedo es uno de los grandes retos de mi vida. Yo he tenido muchos, algunos se han ido, otros se disfrazan y gatean escondidos, mas hay uno persistente, siempre en vela, que me despierta del sueño de la razón. El miedo a no ver trasciende la intimidad que me he trazado, es también a que los demás no me vean, que no nos veamos. Si no logramos percibirnos parecería que somos intercambiables. Entonces nos perderíamos en la generalidad del los términos, por ejemplo mujer u hombre. Tú serias solo una mujer, yo solo un hombre; seriamos cualquier mujer, cualquier hombre, no tendríamos rostro, y la sexualidad continuaría siendo el escudo del uno frente al otro. Las clasificaciones de género resultan insuficientes para atrapar la sutil expresión de lo que somos. Tu sexo, el mío, son casuales y quiero ver en ti y que veas en mí más que esta trivialidad que tendemos a naturalizar. Y esto aunque intuyo querer no basta.

Al principio fue lo opuesto. Es por eso que en mis íntimos andares por las calles, bares y camas de Berlín me invadía la mayor de las veces una sensación rara. Los encuentros parecían desencuentros. En esas caminatas era asumido por muchos y muchas como un hombre latino. Este tipo de animal es aprehendido como bestia feroz. No es tan malo ser clasificado como semejante espécimen, sobre todo porque estaba de moda y parecía ser no más que una locura pasajera. Ciertas demencias duran demasiado. Todo lo que hacía solo servía para corroborar  mi condición de fiera. Las gafas que suelo usar para ver el mundo no eran entendidas por algunos como producto de un problema visual, sino como el intento de parecer intelectual. No los culpo, mi abuelo también pensaba que los intelectuales lo tenían todo más fácil, tanto así, que insistió en que sus hijos estudiaran una carrera universitaria. Siguiendo los pasos familiares comencé a estudiar filosofía y ciertamente no he notado que mi vida sea más fácil por ello. Para mí la situación empezó a ser sofocante. Un día invite a bailar a una chica que lo hacía bien y la respuesta fue rápida y precisa: – ¡Yo ya estoy casada! La sangre jacobina y cimarrona que me corre por las venas llego a estado de ebullición. Me leí el ensayo de Camus y desde entonces era Le latino révolté. Desde el grito ideé una estrategia para luchar contra el sentido común. Mi táctica no era quizás tan buena como la puesta en práctica en Afganistán y en Irak, pero creía funcionaria, al fin y al cabo yo no quería adueñarme de nada, solo ser visto más allá de estereotipos. La idea era sencilla, solo debía  evitar los bailes donde las pelvis se juntaran. Desde entonces comenzó a comentarse que no sabía bailar. – Yo creo que no es Latino- comentaban agregando -, nació en el viejo continente. ¡Le falta sabor! Estas habladurías me tocaron el ego, así que decidí simplemente no bailar. La explicación no se hizo esperar. – ¡No baila porque es homosexual! Con esto se me empezó a cotizar  bien alto en el mercado sexual. En esos días me enteré que para muchas mujeres era un bello desafío, llevarse a un gay a la cama. Emborrachando la frustración frente a una cerveza una amiga me conto que a ella le pasaba lo mismo. Entre ciegos los desencuentros son más comunes que los encuentros. Esa noche los mandamos a todos y todas al carajo. Si no nos ven que se jodan. Ellos se lo pierden.

Hay miedos que no son saludables, el miedo al otro es uno de ellos. En cambio el temor a la ceguera me ayuda a no perder la capacidad de sorprenderme, a verme, a verte, en la búsqueda de lo que puedo, de lo que puedes y quiero, y quieres: ser. Andando así, con Goya a mí lado por esta vida nuestra, pretendo evitar los monstruos que produce la razón. No siempre me está dado, mas lo intento.

Joaquín Sabina, Pie de Guerra.

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Los rizos en el vello púbico de David http://superdemokraticos.com/es/themen/koerper/davids-schamhaarlockchen/ http://superdemokraticos.com/es/themen/koerper/davids-schamhaarlockchen/#comments Fri, 30 Jul 2010 11:11:17 +0000 http://superdemokraticos.com/?p=551

São Paulo © Matthias Holtmann

Cuando el gremio de los tejedores de lana le encargó a Migél Ángel esculpir el David en un bloque enorme de mármol de Carrara, frente al que décadas antes tanto Agostino de Duccio como Antonio Rosselino fracasaron con el cincel, ¿quizá tuvo que olvidar que en realidad en la piedra estaba metida una mujer?.

Mi profesora de arte sostenía que Michelangelo en el tiempo que duró su vida, nunca vio una mujer desnuda. Pueden verse los senos en los cuerpos atléticos que adornan la tumba de los Medici: Lorenzo y Guiliano. No me parece imposible. Buenos 460 años más tarde y hasta completar los quince años yo nunca vi a un hombre circuncidado y no podía hacerme ninguna idea de un pene circuncidado, más que la de la naturaleza como tal y lo que debía ser, aunque era raro. Por lo menos en los balnearios para nudistas de la provincia, en la Alemania del oeste y en mitad de lo años ochenta, los chicos circuncidados eran poco frecuentes. Si hubiera tenido que esculpir la imagen de un pene circuncidado a partir de las historias de la comunidad judía o usar mi imaginación, probablemente no se hubiera visto más natural que los senos de Michelangelo Buonarroti, esos que en el renacimiento y en su forma natural, con toda seguridad, todavía no eran cortados y remontados en el sujeto con vida. Lo que hoy en San Pablo es común y corriente.

Lo más notorio en el David es que Michelangelo evidentemente tenía una predilección por los rizos en el vello púbico. ¿Es posible que los contratistas tejedores de lana hayan sido los culpables?

Frente al hecho de que casi todos y todas se alaban por estar rasurados, los rizos en el vello púbico esculpidos en el mármol me parecen casi revolucionarios.

Lo natural a lo artificial. El biologísmo unilateral se ve impedido por la manía del humano de crearse a sí mismo. Así pues el impulso natural es ser ese que, bajo las condiciones dadas, quiere inventarse a si mismo y no le da más importancia a lo dado que la que tiene lo añadido.

Y David, David a demostrado que uno también puede vencer a Goliat, si no se lucha con sus armas. Es así como un David que mide cinco metros altura y es de mármol sigue siendo él, igual en qué plaza del mundo este, es un símbolo para la libertad de los ciudadanos, da igual si hombre o mujer.

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Cicatrices http://superdemokraticos.com/es/themen/koerper/narben/ http://superdemokraticos.com/es/themen/koerper/narben/#comments Thu, 29 Jul 2010 15:00:13 +0000 http://superdemokraticos.com/?p=550 Una cosa es ser varón. Y otra es ser hombre

Vida / Canción de Rubén Blades

Pertenezco a esa estadística axiomática del ciento por ciento de personas que nace de una mujer. Aparte de esa totalidad escandalosa y obvia, entro en un rango indescifrable pero evidente en América Latina: el de los hijos de madres solteras. Esto quiere decir que si soy, además, machista y egocéntrico, la culpa –o esa responsabilidad virtuosa– le corresponde a la mujer que me crió. La misma que me parió. Palabra clave: moda. Tengo la mitad de mi vida, o un poco más, preocupándome por las mismas cosas: el fútbol, la noche y su fiesta, el dominó, y las mujeres, en plural. Ahora también me ocupo del lenguaje y la ficción, pero estoy seguro que se trata de algo pasajero, un mal menor de mi juventud que todavía no termina.

De pequeño me esforzaba por escupir más lejos que el resto, por saltar más alto, pegar más fuerte y correr más rápido. Era simple y divertido, tomaba riesgos sin reparar en las cicatrices; al contrario, cada marca era una estrella y tales estrellas valían favores, helados, sueños y leyendas propias.

La primera de ellas llegó mientras aprendía a caminar. Pegué la boca de la esquina de una mesa de noche y con el resbalón se me fueron el buen humor y la memoria. Mi madre me cargó en sus brazos; el resto lo hicieron un caramelo y dos puntos de sutura perfectos.

La segunda cicatriz es la mejor, parece un alacrán boca arriba y aún se puede palpar sobre uno de mis tobillos, en la pierna izquierda. Me abrí la piel con una lata de zinc en unos carnavales, y, dos mujeres, mi madre y su amiga, casi se desmayan del susto al ver la mezcla pastosa que formaban la sangre y la grasa. Desde entonces pasé de ser un gordito de cuatro años, a un gordito de cuatro años que rebosaba de orgullo.

Antes de los diez, por fin me pude romper la frente. Estaba en casa de mis tíos jugando a patinar descalzo sobre el agua. La pirueta que comenzó siendo exigente se transformó en aparatosa. Cuando levanté la cara del piso para revisar la puntuación que me darían los otros niños, noté con sorpresa el espanto en sus rostros: fueron nueve puntadas en diagonal que mis primas trataron de borrar sin éxito, con cariños y velas, antes de contarle a mi madre por el hilo telefónico. Su grito de preocupación desde el otro lado, a nueve horas de carretera, no hizo sino reforzar lo que ya sabía. Mi tío me lo dijo engreído, si tienes una marca entre el cráneo y la barbilla, no te preocupes y saca el pecho, ya comenzaste a ser un hombre. Si tienes dos, como tú, podrás ser incluso un hombre prometedor.

Mi última lesión visible es en el brazo derecho, soy puro equilibrio. Fue en una pelea y apenas tenía doce años. Bueno, casi trece. La pelea comenzó porque defendí a un muchacho más pequeño para agradarle a una chica que estaba de visita, la misma que me envolvió la cortada profunda de seis centímetros con papel de baño y me acompañó hasta mi casa, para avisarle a mi madre. Salí con la estampa del valiente, un héroe herido en batalla, me sentía realizado. Además, me quedó un keloide, ese término que se utiliza para reducir el ya escaso valor estético que puede tener una cicatriz a mucho menos que una anécdota grotesca.

A partir de entonces aprendí otras cosas sobre la hombría que poco tienen que ver con las heridas y sus consecuentes –y a veces inmediatos– cuidados femeninos. Amo a las mujeres, como al fútbol, la noche, la fiesta, el dominó y, temporalmente, a la literatura y sus frases-trampa. Pero sobre todo amo ser hombre por otras dos razones. Creo que solo siendo hombre puedo valorar en su justa dimensión el surco que me dejó en el alma la muerte de mi madre, mi madre soltera, y todo lo que ella trató de enseñarme sobre el peso, la importancia, el valor y el coraje de las mujeres: tan sensoriales, tan inteligentes, tan sensitivas, tan delicadas, tan fuertes y también tan frágiles. Por ser mujer quizás no habría tenido menos cicatrices, es verdad, pero seguro habría disfrutado menos de ellas y hasta habría tratado de ocultarlas.

Soy de los que piensa que con cada nuevo dolor reaparece el miedo, y el trauma que me provocó la partida de mi madre solo podía ser curado por otra mujer, mi hija. Esa es la segunda razón: después del miedo sobreviene el placer y tu memoria cambia. Por supuesto, la vanidad de mis heridas fue perdiendo sentido con el paso del tiempo y ahora ese espacio lo han ganado la curiosidad, las metáforas, el aprendizaje y el amor en sus múltiples formas.

Ser madre te permite. ¿Qué voy a saber lo que te permite ser madre? Ser hombre te permite enamorarte de tu madre y de tu hija, en caso de que las tengas o las hayas tenido. Eso no es tan poca cosa y me parece suficiente motivo para no desaprovechar la dicha que me ha dado la conciencia masculina, hasta que me toque ser mujer, en otra improbable vida, y empiece a nacer con la cicatriz que me produzca el nacimiento de cada uno de mis hijos.

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La batalla de los sexos http://superdemokraticos.com/es/themen/koerper/kampf-der-geschlechter/ http://superdemokraticos.com/es/themen/koerper/kampf-der-geschlechter/#comments Sun, 25 Jul 2010 07:00:49 +0000 http://superdemokraticos.com/?p=519

De un reportaje de moda bajo el tema de la Caperucita Roja. Foto: Javier Badani

¿Qué te gustaría ser: un hombre o una mujer? “Vaya preguntita”, me suspiraron al oído mis testosteronas. Y cuestionaron: “Oye, ¿te imaginas cada noche pintándote las uñas de los pies o depilándote las piernas cada vez que se pinte una cita? ¿No tener más opción que hacer cola en la puerta del baño? ¿Tener que esquivar siempre la mirada de la tía que te cuestiona tener 35 años y seguir soltera aún? ¿Estar obligado a usar cada mes paños con alitas o saber que el tamaño de tus tetas serán un factor decisivo en una entrevista de trabajo? Ni hablar, hermano, lo mejor es ser hombrecito”.

Buen análisis, les respondí.

Pero inmediatamente un par de estrógenos salieron al ataque. Llevaron hasta mi memoria la foto de aquel día en que mi abuela disfrazó a mi padre de mujer. Él tenía unos seis años y terminó posando para su cámara con una peluca negra y una elegante enagua blanca. ¿Sonreía acaso él en aquella fotografía…? Creo que sí. Y luego los estrógenos argumentaron: “Te imaginas ¿no estar obligado a que te guste el fútbol para encajar entre tus amigos ni tener que golpear a otros para que te respeten? ¿No tener que estar afligido por saber si tu pareja tuvo o no un orgasmo o por el tamaño de tu sexo? ¿No tener que esquivar siempre la mirada del tío que te cuestiona tener 21 años y seguir virgen aún? ¿Estar seguro de que te puedes cambiar el color del pelo o ponerte un arete en la oreja sin el temor de que por ello te califiquen de homosexual? ¿Qué tal, no ve que no hay nada mejor en el mundo que ser una mujer?”

Buena exposición, les señalé.

De pronto testosteronas y estrógenos se enfrascaron en una discusión sin cuartel. El campo de batalla era mi cuerpo en construcción, esa pequeña masa de líquidos cobijados en el vientre de mi futura mamá; un nuevo ser que deberá enfrentarse a la vida bajo la piel de un hombre o de una mujer. “¿Cuál de los dos, entonces?”, me pregunté. “¿Acaso no basta con declararse simplemente un ser humano?” Claro que no. Hombres y mujeres están inmersos en una lucha por la dominación mutua. Unos, los hombres, con una ventaja de siglos y bajo el escudo de un machismo retrograda que ha sido fomentado desde el comienzo de los tiempos y sacramentado por las religiones como, por ejemplo, la judeocristiana donde la mujer siempre fue y será un ser inferior. Del otro lado, las mujeres que buscan conquistar espacios con su talento, pero que no dudan en enmarcarse en los preceptos del machismo más secante de la sociedad cuando así les conviene.

Testosteronas y estrógenos siguen en la refriega. Y yo concluyo que esta es una discusión maniquea, cuya respuesta nunca tendrá resolución; porque así como hay hombres malos igual hay mujeres malas; porque así como hay hombres capaces igual hay mujeres capaces.

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Soy un@ intraducible http://superdemokraticos.com/es/themen/koerper/ich-eine-unubersetzbarer/ http://superdemokraticos.com/es/themen/koerper/ich-eine-unubersetzbarer/#comments Tue, 20 Jul 2010 07:00:36 +0000 http://superdemokraticos.com/?p=476

La contemplación de futuro.

Ser o no ser. Ser mujer o ser hombre. Ser ambos. No ser ninguno. Ja! Sin duda esta es una pregunta que tiene diferentes relevancias dependiendo de las épocas y lugares en la que es formulada. No es lo mismo preguntarse que significa ser una mujer en la edad media que hoy en día. Como a su vez tampoco significa lo mismo preguntárselo hoy en Afganistan que en Holanda. El contexto determina la relevancia y el impacto de la pregunta.

Si hay algo que me llena de orgullo, es en haberme construido o constituido en un ser que duda. Esta construcción, emana según mis convicciones, del tiempo y el lugar en el que vivo, es decir: Uruguay 2010. La posibilidad de dudar de todo aquello que se me otorgó en determinado momento como seguro e inamovible, es algo que me llena de esperanza y curiosidad. La posibilidad, al menos virtual, de que no todo es como parece y que a veces basta una buena pregunta, para que los cimientos institucionales de cualquier mito se desmoronen bajo mis pies, me emociona.

No hay duda de que soy un hombre, al menos fisiológicamente. Pero dudo todo el tiempo de ser culturalmente un hombre. Y quiero aclarar que esto no está vínculado a mis preferencias sexuales, ya que estas son inabarcables en los conceptos tradicionales de “hombre” y “mujer”, sino que me refiero a la construcción cultural del arquetipo, en este caso, hombre. Pero sucede que la otra posibilidad tampoco me seduce lo suficiente. Si bien ser una mujer tiene varios aspectos que me gustaría probar, nada es tan seductor como para hacer el cambio definitivo.

Ahora ya todos lo sabemos, la pregunta es más compleja ¿Hay sólo dos posibilidades del ser? ¿Se es mujer o se es hombre? ¿O simplemente se es? La pregunta está destinada a tener infinidad de respuestas, pero aquí importa, al menos intentar por mi parte, dar una respuesta personal. Esta respuesta no intenta ser universal ni aplicable al resto de las personas, sino un manifiesto del ser personal, que adhiera un color a las muchas respuestas.

Entonces ¿Qué soy?

Soy un hombre que elige enemigos más grandes que uno y una mujer que se tira de los pelos ante la impotencia. Soy ese hombre que asume riesgos que está seguro que puede ganar y esa mujer que busca un lugar en dónde no la invitaron. Soy un hombre que nunca le gustó estudiar lo que no le interesaba y leía lo necesario como para pasar de clase y estudiaba el día anterior de los exámenes y los salvaba. Soy es a mujer que una vez que encontraba aquello que la apasionaba era capaz de amar como nadie había amado y darlo todo y entregarse sin medir sin especular sin esperar nada. Soy ese hombre que sabe como herir a sus seres queridos y que se mete en peleas que tiene grandes chances de ganar que trata de no salir herido en peleas ajenas y que se involucra sólo lo necesario. Soy esa mujer que lucha por lo que cree y expresa sus convicciones no cede ante la incorrecta posición de las mayorías. Soy esa mujer que duerme más de lo necesario y ese hombre que envidia la belleza ajena. Soy esa mujer que piensa siempre en dar una buena impresión y ese hombre que no da puntada sin hilo. Soy un interesado y una tira bombas. Soy maleducado y soberbia. Soy un@. Intraducible. Inentendible fuera de mi mism@.

No imagino ese día en que todos seamos tan mujeres y hombres como queramos y que las culturas se vivan por sus principios y por sus opuestos y que todo sea una construcción arbitraria y personal, justa y colectiva, azarosa y singular. Y nos gustaremos o rechazaremos independientemente de nuestros sexos porque estos se habrán difuminado entre nuestros vicios y virtudes. Y nos odiaremos y amaremos entre límites razonables y soportables que permitan que el mundo gire sin comprometer la existencia del más ínfimo de los mosquitos albinos. Y habrá tanta discriminación que la viviré en paz porque no será para segregar sino para saber que soy un individuo único que aporto a los colores del mundo sin necesidad de atentar contra los insoportables colores de los demás. Y será tan impensable este mundo y tan lejanos y tan improbable que la mera posibilidad de pensarlo nos hará llorar de alegría como quien contempla cara a cara la esencia del universo. No imagino ese momento, no imagino ese mundo, pero no quiero ser piedra en el camino de su construcción.

Esperaré entonces, contemplando la cara de mis vecinos, esperando que asome el gesto extraordinario, la mueca, consecuencia inevitable de la contemplación del futuro. Y cuando esto suceda, me sumaré a la gesta, copiaré los movimientos, miraré por los ojos de los afortunados y ayudaré, como hombre y como mujer, ayudaré.

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